Real Monasterio de Santa Lucía

JOAQUÍN MAGGIONI CASADEVALL y JOAQUÍN MAGGIONI CASTELLA. 1966. MAESTRE RACIONAL, 1

Al igual que ocurre con los templos, la arquitectura monástica y conventual que surge del Concilio Vaticano II tiene sus precedentes en las construcciones religiosas más avanzadas de finales de los años 50 y 60. No hay en este sentido un cambio radical, aunque sí que se aprecia, en general, una tendencia hacia una arquitectura más sencilla, mejor integrada en el entorno y con un especial interés por la creación de espacios adecuados a la vida de recogimiento religioso.

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El mejor ejemplo de este tipo de construcciones en Zaragoza es el Real Monasterio de Santa Lucía, obra de 1966 de Joaquín Maggioni Castellá y Joaquín Maggioni Casadevall.

En planta el monasterio mantiene la habitual organización en torno al claustro de las diversas dependencias: celdas, sala capitular, obradores, etc., que se estructuran en bloques de planta rectangular y altura variable. A diferencia de lo que ocurre en otros casos, la iglesia recibe un tratamiento diferenciado tanto por su ubicación, a la entrada del recinto y yuxtapuesto al resto de los volúmenes, como por su planta irregular.

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En su conjunto, el monasterio está construido con el ladrillo rojo como material protagonista y a base de cuerpos de pequeña altura y aspecto semirural como corresponde en su entorno.

Tratamiento del interior

El interior del monasterio de Santa Lucía repite algunas de las características del tratamiento exterior, especialmente en la utilización masiva del ladrillo.

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Los espacios son siempre de una gran sobriedad y en ellos se evidencia un especial cuidado en la generación de ambientes que propicien los diferentes estados emocionales requeridos en la vida diaria de las monjas. La luz, al igual que ocurre en las iglesias de este periodo, es fundamental en la creación de ambientes.

Especialmente austera es la sala capitular, concebida como un volumen puro, prismático, con los bancos corridos de los frentes y un sobrio crucifijo como únicos elementos integrados en la estancia.

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Con esta pureza volumétrica de la sala capitular sólo contrasta el templo en el que, manteniendo los valores generales de las iglesias surgidos del Concilio, los autores aportan ciertos toques escultóricos que animan los muros y le hacen ganar en expresividad formal.

El resto de los espacios, como ocurre con el claustro, mantienen, y aun potencian, el tratamiento puro y austero de una arquitectura dirigida al recogimiento y la oración.

(Fotografías: El Periódico de Aragón, Heraldo de Aragón y elblogdezaragoza.blogspot.com.es)

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